¿Cómo les afectan los exámenes? A mí me ponen de muy mala leche, así que ando todo el día de morros, como si me hubiesen hecho la mayor de las putadas. Uno de mis antiguos alumnos, Santiago, se ponía nostálgico, y recordaba esos años dorados que fueron la infancia, en los que no tenía más responsabilidades que colorear vacas y dibujar monigotes para el Día del Padre. A unos les dan retortijones, a otros jaquecas, remordimientos, agobios… a algunos incluso les da por estudiar.
Cuando teníamos 15 años, los exámenes nos daban, más que nada, miedo, mucho miedo. Suspender era tener bronca en casa, multiplicar el número de horas en la academia, peores regalos y menos horas de cachondeo. Algunas veces, si nuestros padres no estaban al día en psicodesarrollo adolescente, incluso podía caerte una ostia bien dada.
Para aprobar había varias fórmulas. La más simple, estudiar. La más compleja, copiar. La intermedia, ojear los apuntes y esperar la intercesión divina.
La primera fórmula no solíamos practicarla demasiado: Estudiar lo podía hacer cualquiera y no tenía mérito. Lo de copiar también se estaba volviendo difícil, pues los temarios cada vez eran más grande, y las chuletas se empezaban a convertir en pequeñas enciclopedias difíciles de sacar y engorrosas de manejar. Incluso la vieja fórmula de ponerte el walkman con los apuntes grabados a viva voz era problemática, pues no olvidemos que las cintas no eran demasiado largas.
Richi siempre bromeaba diciendo que lo de colar una chuleta en los exámenes estaba pasado de moda: el futuro era conseguir una copia del examen, memorizarlo un par de días antes y luego soltarlo a la perfección.
Ante aquella posibilidad, todos suspirábamos, pensando que aquello era imposible. Pero Weber, que solía ser bastante modosito en lo referente a los estudios, nos sorprendió un buen día al decirnos: “Si me ayudáis, podemos conseguir el examen final de inglés.”
Todos nos reímos, pero al ver que nuestro compañero estaba totalmente serio comprendimos que no era broma. ¿Qué íbamos a hacer?