A mediados de los 90, cuando el manga arrasaba entre el público masculino gracias a las versiones televisivas de Dragon Ball, a la despampanante violencia de El Puño de la Estrella del Norte o a la líbido adolescente merced del hentai, apareció una historia diferente y original que ofrecía algo diferente: una historia adolescente de amor. Aquel manga era Video Girl Ai, de Masakazu Katsura.
El manga había sido, hasta aquel momento, una alternativa a los superhéroes. Historias más violentas, un dibujo diferente que marcaba un tiempo narrativo más pausado y personajes nuevos. La historia de Katsura fue un soplo de aire fresco que supo ir mucho más allá, mezclando ciencia-ficción, fantasía, romance y comedia adolescente.
La historia nos mostraba a Peter Parker, perdón, quiero decir a Yōta Moteuchi (a quien una posterior edición de Planeta apellidaría Moliga, en la mejor tradición de Bruno Díaz, Ricardo Tapia y Oliveiro Reina), un chaval que no tenía ningún éxito con las chicas, ni con los estudios, ni prácticamente con nada. Además, tenía una mala suerte de narices: la chica que le gustaba, la dulce e idílica Moemi,estaba locamente enamorada de su mejor amigo, el guaperas y pasota Takashi.
Como yo no me comía un colín y mis amigos sí, y como encima mi amigo Richi había salido con la chica que me gustaba, tardé menos de cinco páginas en identificarme con Yōta. Como el Cubano también había salido con una chica que le gustaba a Richi, éste también se volvió fan irredento de la serie. Supongo que la situación debía de ser bastante común, porque acabó teniendo gran número de lectores.
Todo se complica (un poco más) cuando nuestro héroe se topa con un extraño videoclub que le deja alquilar una película cuyo título es “Te consolaré”. Lo que él piensa que iba a ser una peli porno, resulta ser una chica de carne y hueso que sale de la pantalla de su televisor. Desgraciadamente el video reproductor estaba en mal estado, por lo que Ai, la video girl que tiene que consolarle, acaba siendo bastante diferente de lo que el héroe esperaba.
Y ese fue uno de los grandes logros de la serie: convertir a Ai en una chica normal, no en la mujer perfecta e idílica. Peleona, pésima cocinera, con poco pecho… Ai es un personaje interesante y divertido, del quien Yōta se irá enamorando poco a poco.
Pero Ai tiene truco: sólo puede estar un año con nuestro protagonista, y luego desaparecerá para siempre jamás. Tras una larga lucha contra el creador de las Video Girls, Yōta logrará recuperar a Ai, aunque ésta habrá perdido sus recuerdos.
Así, dividido entre un amor idealizado hacia Moemi, el amor sincero que sintió hacia Ai y la aparición de una joven que está loco por nuestro héroe, la simpática Nobuko, cuyo nombre traducido no me cabe duda alguna que es Gwen Stacy, o lo que es lo mismo, la niña mona que se fija en el pardillo.
Desgraciadamente, aunque el dibujo de Katsura era precioso (uno de mis dibujantes favoritos aún hoy, más de diez años después), su capacidad para contar una historia era bastante lamentable. Aunque hasta donde he narrado la serie se podía seguir sin demasiados problemas, el deseo de alargarla (o el no saber simplemente hacia dónde iba) le hizo tomar caminos un poco “abruptos”, metiendo nuevos secundarios que no aportaban nada (la Video Girl malvada que era repelida con una cruz aún me hace sonrojarme de pura vergüenza ajena), poniendo a los personajes en situaciones estúpidas (a nuestro héroe le dieron no se cuantas palizas, a Moemi la intentaron violar otro puñado de veces) y dejando de lado explicaciones que habrían sido muy agradecidas (¿quién era el creador de las Video Girls?).
Por fortuna, hacia el final de la serie, Katsura supo reaccionar (o hubo un guionista no acreditado, lo cual me pega más) y empezó a hilar las mil y una tramas que había planteado maravillosamente bien. De hecho, el final supo estar a la altura de lo que fue la serie y, para mí, siempre será uno de los grandes finales del cómic.
Indudablemente no fue la mejor historia que leímos en aquellos tiempos, pero sí la que más nos impactó.