Ayer mismo me lo comentaba mi amigo Germán, bostezante y con ojitos de sueño: “Nos hacemos viejos, Jose.” Se quejaba el muchacho del poco aguante que tenía, la ostia, con lo que él había sido, que se pasaba la noche de marcha y le cogía el amanecer con ganas de tomarse la penúltima en lugar de los churros.
Mientras me lo decía, yo me reía de él. “Viejo estás tú, que yo ando hecho un chavalote.”
¿Y para qué dije nada? El dios del Antiguo Testamento, ese que se aburre y se dedica a hacerle putadas a la gente, se ha tomado a mal mi eterna juventud. Esta mañana mismo, cuando me agachaba para guardar unas camisetas en uno de los cajones de mi cuarto, la divinidad me ha mandado su castigo, y he sentido como un latigazo en la espalda, ¡ay que dolor! Y aquí ando, con ibuprofenos, bolsas de agua caliente en la espalda y un dolor de mil pares de narices cuando me incorporo.
Pues sí, Germán, pues sí, nos hacemos viejos.