Poco después de Carnavales, no muy lejos de mi casa, abrieron un Cybercafé de lo más moderno. Bueno, visto con perspectiva, aquello no tenía nada de moderno: seis ordenadores, un escáner, una impresora a color y una grabadora de cds que debías contratar por minutos. Las posibilidades eran múltiples: chatear, mirar tu correo, consultar webs, jugar en red al Duke Nuken, imprimir trabajos, escanear fotos o piratear cds. Vamos, todo lo que diez años después podías hacer desde tu casa.
Joaquín se aficionó rapidísimamente a aquel local, y ya le hacían hasta descuentos. La grabadora de cds la podía utilizar cuando quisiera, total, siempre había alguien que se quería piratear los cds que mi amigo llevara, y ese sí que tenía que pagar la minuta.
Poco antes de Semana Santa, Joaquín tuvo una excelente idea: falsificar las notas. El encargado del local dijo que perfecto, que mientras la gente pagara por usar el escáner y la impresora, que hiciéramos lo que nos diese la gana con ellas. En tres días, Joaquín ganó una pasta tremenda: suficiente para comprarse una video consola, un montón de libros de Vampiro e invitarme a un botellón.
¿Cómo? Muy fácil. Las notas de los colegios públicos solían estar impresas en folios normales, con el sello del colegio a color dando autenticidad. Tan fácil como escanear, retocar, y volver a imprimir a todo color. Así, aquel in-suficiente se convertía en un bendito suficiente. El sello seguía apareciendo a color, y los padres ni siquiera se preguntaban por qué la tinta del sello no había empapado la parte trasera del papel, pues para ellos aquel trabajo de falsificación que llevábamos a cabo era pura ciencia ficción. Las notas de nuestro colegio eran más difíciles de falsificar, pues usaban un papel especial coloreado, con una textura distinta a los folios normales.
Fabio, un chaval que conocíamos de jugar al rol y de los recreativos, había suspendido todo. ¿Cómo se suspende todo? Pues no pasándote por clase ni para saludar a los profesores, claro está. Ya se pueden imaginar el miedo que llevaba en el cuerpo, con casi 200 horas de faltas, con una larga y extensa nota que el tutor escribía a los padres, recomendando medidas severas. Pero gracias a la magia del escáner, pasó a aprobarlo todo.
En general, todos los suspensos querían unas notas impecables. Algunos, incluso pidieron notables y sobresalientes, indispensables para asegurarse la moto.
A la mayoría de los clientes de Joaquín no volvieron a pasar por el Cybercafé en una larga temporada. Y es que los padres no eran tontos, y el progreso tan notable de los hijos (hubo uno que transformó seis Muy Deficientes en seis Sobresalientes) olía a estafa. Una llamada a los institutos sirvió para confirmar las sospechas.
Algunos quisieron que Joaquín les devolviera el dinero, pero éste dijo – no sin cierta razón – que el problema no había sido la calidad de la falsificación, sino los excesivos aprobados y sobresalientes que la gente se había adjudicado. Total, que allí nadie recuperó ni un duro.
La moraleja de la historia es clara: fórrate con la necesidad ajena, y que no te importe si el remedio es peor que la enfermedad. Vale, es una moraleja horrible, pero vivimos en una sociedad capitalista, ¿qué esperábais?