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LAS AVENTURAS DE CARBONELL 7: LA CHICA DEL PUEBLO No buscaba ternura ni proyectos de futuro, tan sólo una carne cálida y mercenaria en la que enterrarse y alcanzar un breve olvido.
Una vez entró en la minúscula discoteca, se dio cuenta que para conseguir aquello no le harían falta ni invitaciones ni promesas, ni tan siquiera necesitaría una mustia litera; le bastarían veinte duros para comprar un condón en los retretes, un vaso más de whisky en las venas y una cuneta en la carretera. A fin de cuentas, si para los soldados del cuartel las palomeras (como se llamaba a las chicas del pueblo, o de la comarca) eran un recurso fácil, menos exótico pero más barato que las putas de “el conejo la marquesa”, para las palomeras los soldados también resultaban una forma fácil de alcanzar el olvido. ¿Qué querían olvidar aquellas muchachas? El minúsculo universo que habitaban, dividido en veranos abrasivos e inviernos tediosos, donde la diversión consistía en soñar con un improbable futuro lejos de allí y beber después del trabajo, donde los novios (¡frutos de eternos noviazgos que empiezan a los 14 o 15 años, donde monótonos orgasmos y rutinarios días te consumen!) se escapaban en mitad de la noche a visitar a las putas importadas de otras tierras. Aquellas muchachas de condenado futuro querían olvidarlo todo, necesitaban olvidarlo todo. Pablo Carbonell no sabía nada de todo esto. Se limitaba a echar de menos su casa y a sus amigos, incluso al Chou y al Manco, y hablaba de ello con la primera desconocida que se sentara cerca. Cierto que hablar de nostalgias y de desconocidos no suele ser la mejor manera de seducir a una mujer, pero aquella palomera quería soñar que había otros lugares más allá de aquellas sierras y campos, y los relatos de un lugar llamado Roche y Cádiz, de unas playas más grandes que todo aquel pueblo, donde miles de personas anónimas tomaban la calle y se bebían la noche cada fin de semana despertaron una imaginación amodorrada a golpe de rutina. Lo demás vino solo: apenas media horas después, Carbonell se contoneaba en mitad de la tierra reseca, sin dar importancia a las espigas que le rozaban, sin importarle el infernal rugir de los grillos, solamente pendiente de alargar lo máximo posible aquel momento de vacío. Una vez se hubo corrido, se desplomó sobre ella y se hundió entre aquellos dos pechos desconocidos. Sintió que tenía ganas de llorar. Estaba en medio de ninguna parte, sin cobertura de móvil siquiera, añorando un lugar y unos amigos que ahora le parecían infinitamente lejanos e idílicos. Sin saberlo, la desconocida que yacía bajo él también soñaba con aquellos lugares y personas, que se le antojaban tan fantásticos y remotos (y a la par tan cercanos y probables) como a los conquistadores españoles se les tuvo que antojar El Dorado. Permanecieron 20 minutos unidos por el silencio y el sudor. A ella le comenzó a sonar el móvil, tras el cual se hallaba un anónimo novio, al que pronto tranquilizó con una mentira concertada. Cada uno cogió su camino (la una hacia la casa del novio, el otro hacia la base). Ni siquiera se despidieron. Tampoco hacía falta, sólo eran dos desconocidos. 2007-10-17 13:33 | 5 Comentarios Referencias (TrackBacks)URL de trackback de esta historia http://gadesnoctem.blogalia.com//trackbacks/52854
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